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8/12/2014

¿Cuándo debo tomar la decisión de cerrar mi empresa?

Como sabéis los que nos seguís, siempre comparamos nuestro despacho, con mucho humor, con una clínica con dos áreas muy diferenciadas: maternidad/pediatría y oncología/UVI.

  • Maternidad/Pediatría, porque colaboramos en el nacimiento y crecimiento de nuevos negocios como si fueran nuestros bebés; y
  • Oncología/UVI, porque, bajo la denominación “Productos de Crisis”, asesoramos a empresas y empresarios en las situaciones críticas de su negocio, desde su inicio hasta, cuando procede, el cierre de las mismas.

Si uno atiende a las estadísticas, desgraciadamente, entre el 75% y el 80% de las nuevas empresas que se crean atraviesan ambas situaciones, el nacimiento y su defunción, en un plazo inferior a cuatro años.

Y hoy que toca estrenar nuestro blog tras el post de bienvenida, vamos a empezar por la parte negativa. La situación más desagradable que un empresario (llamémoslo así, ¿o acaso esa palabra no incluye en su significado a todo emprendedor que lanza un negocio?) puede atravesar en su proyecto: el momento de cerrar su empresa.

El primer mensaje que queremos enviar es que tomar a tiempo las decisiones que resulten necesarias, por muy dolorosas y traumáticas que sean, es una demostración de madurez, inteligencia y responsabilidad empresarial. En cambio, dejarse llevar por las circunstancias o tirar de la tan tañida resiliencia del emprendedor y luchar contra molinos de viento imaginarios hasta que la cuenta bancaria se quede a cero y ya no haya remedio sólo puede empeorar la situación del empresario. Y en estas situaciones, empeorar es sinónimo de responsabilidad personal.

Desafortunadamente, nuestra legislación no premia a los emprendedores que deciden lanzar un proyecto empresarial pero, en cambio, sí prevé la posibilidad de sancionar con dureza a aquellos que fracasan en su proyecto. Pero no seamos alarmistas, esa eventual sanción no es general, todo emprendedor tiene derecho a fracasar. La responsabilidad únicamente llega si no se acomete el proceso de cierre (i) en el momento oportuno y (ii) de la manera correcta.

Por eso, lo relevante en caso de que tu modelo no esté funcionando o, simplemente, el negocio haya dejado de hacerlo, mucho antes de que por tu cabeza pase la idea de tirar la toalla, es acompañarte de personas que puedan marcarte los tiempos para tener claro qué hacer – y qué no hacer – y cuándo hacerlo en una situación de crisis empresarial. El timing es esencial a la hora de poner fin a un negocio.

Y más si eres consciente de que vas a dejar deudas, como, por ejemplo, ayudas públicas en forma de préstamos (léase ENISA o Neotec), préstamos participativos de inversores, subvenciones condicionadas de carácter reintegrable (por ejemplo, el programa MiniConnect de SPRI en País Vasco), cualquier proveedor o, por supuesto, la indemnización a tus trabajadores (no basta con que el FOGASA las soporte, en tal caso, simplemente el FOGASA se convertirá en tu acreedor), ya que, al cerrar tu empresa, sus contratos no se evaporan. Debes poner fin a su contrato ordenadamente en la forma (individual o colectiva/ERE) que indica la legislación laboral.

Si aún tienes fondos suficientes para saldar todas tus deudas (incluidas las indemnizaciones), la legislación te permite acudir a un proceso relativamente rápido y, por lo general (obviamente, es necesario estudiar cada caso), exento de responsabilidad para el promotor. Por eso, el timing, tener claro cuándo un modelo no funciona y no aplazar el momento de tomar la decisión, es esencial.

Si no vas a poder saldar tus deudas, será necesario solicitar un Concurso de Acreedores y, a partir de ahí, todo se complica. Para empezar, porque en ese proceso de analizará de forma expresa tu eventual responsabilidad en la generación de la deuda.

Nuevamente, no seamos alarmistas. Esta responsabilidad solo llegará en sede concursal si, realmente, (i) no hemos tomado la decisión dentro de los plazos permitidos o, (ii) en la fase previa al Concurso, hemos tomado decisiones que, a primera vista pueden parecer lógicas (vender mis activos – como la tecnología, por ejemplo – para obtener liquidez, saldar determinadas deudas – proveedores, por ejemplo – y no otras, etc.), pero que a nivel jurídico pueden devenir en la generación de responsabilidad para quien ha tomado esas decisiones.

Aunque en futuros posts tratemos más en detalle el funcionamiento de un Concurso de Acreedores y su pieza de calificación (donde se determina la responsabilidad del empresario), en este primer post simplemente nos gustaría trasladar el siguiente mensaje: en una situación crítica para tu compañía, ajustar los tiempos y tener a tu lado a alguien que te asesore en qué hacer – o qué no hacer – y cuándo hacerlo en el momento en el que cerrar la empresa es tan solo una posibilidad es la clave para evitar la responsabilidad de los promotores en el momento del cierre.

Y, por desgracia, por más que la mal llamada Ley de Emprendedores haya intentado poner remedios, incurrir en responsabilidad personal en un cierre empresarial es sinónimo en nuestro país de un portazo a nuevas experiencias empresariales. En cambio, un cierre ordenado no tendrá, en la mayoría de los casos, consecuencias de ninguna clase para el futuro.

Por ello, la forma de cerrar una empresa es absolutamente clave para un empresario.